Hace poco, una entrevista reiterada en al menos dos medios de comunicación (que yo sepa), me causó un poco de inquietud. El joven Julio Castrillón dio la cara para exponer su arrepentimiento, y señaló el ostracismo que ha sufrido, especialmente en lo laboral y educativo. El joven era aún más joven cuando cometió un crimen que conmocionó a la ciudad de Monterrey. El hecho unió a la sociedad en su contra en aquel momento, y tal parece que esa actitud no ha cambiado.
Curiosamente, otro hecho semejante, aún más brutal, conmovió igual, pero dividió a la opinión pública sobre el asesino, Diego Santoy Riveroll. Igual se vieron actitudes de repudio que manifestaciones muy entusiastas a su favor.
El hecho es que Julio Castrillón cumplió su sentencia y fue liberado. Es evidente que la sociedad no lo recibiría con fanfarrias, pero aquí parece que llegó al extremo de la contradicción. Trataré de explicarme.
La reclusión existe en nuestra legislación como un recurso que, por lo menos, tiene dos grandes funciones. Una es de separar de la comunidad a la persona que infringe las leyes. Tal vez este castigo tenga un poco de ejemplificar en el transgresor, y así desanimar a otros posibles trasgresores. Pero básicamente es una medida que protege a la sociedad de un elemento peligroso.
En México no hay pena de muerte, y hasta hace poco se coqueteó con algo parecido a la cadena perpetua, y eso en delitos donde el estado se ha mostrado perfectamente inútil en su responsabilidad preventiva. Esto significa que México no cree en la culpa sin redención. En sus leyes asume esa otra función de la reclusión: la reivindicación.
Así es. Las leyes no desperdician ciudadanos. Están pensadas para que la reclusión sirva para la reflexión del transgresor, y su preparación a reintegrarse activa y productivamente a la sociedad. Eso, claro, es la teoría. En la práctica se ve que ni las autoridades judiciales, ni las penitenciarias, entienden lo que tenían en mente los fundadores de nuestra personalidad como nación.
El hecho es que Julio Castrillón cumplió su sentencia, pero la sociedad, básicamente la institucionalizada en empresas, universidades, etcétera, no han terminado de condenarlo. Esto es contradictorio porque la sociedad, en sus leyes, le ha dado ya la opción de reincorporarse. Y las leyes son las que nos dan cohesión como sociedad. Si como sociedad rechazamos al ex convicto, estamos también rechazando las leyes que lo juzgaron, lo condenaron, y determinaron cuándo su culpa había sido expiada… para la sociedad, al menos.
Hay que asumir que el homicidio, de cualquier tipo, repugna… lo repugnaba hasta hace poco. El joven Julio no podrá quitarse de encima el calificativo de homicida. Todo aquel que, con razón o sin ella, haya matado a un ser humano es un homicida, y siempre lo será. Pero esto es una definición lingüística, no semántica. Ser homicida no significa ser un asesino. El homicida mató, el asesino mata. Lo primero es un incidente en la vida de una persona; lo segundo es una actitud personal.
En este momento yo no puedo determinar en cuál de las dos categorías podría incluir al joven Castrillón. Nadie puede hacerlo. Para la ley es un homicida que cumplió su condena. Pero su actitud frente al hecho que lo llevó a la cárcel, sólo la sabe él… ni siquiera su confesor. En todo caso es su decisión. Aunque la sociedad es tan soberbia que pone estigmas arbitrariamente, y tan cobarde que lo hace sólo en los rostros más visibles no en los más culpables. Esas actitudes sí podrían determinar que el homicida se convierta en asesino. Actitudes sociales como estas han convertido ya a muchos asesinos en ídolos sólo porque el grupo de moda les compuso un corrido.
No puedo asegurar que el arrepentimiento manifestado por Julio sea verdadero. Esa, insisto, es una actitud personal e interna, es una batalla que se libra a solas, entre sus acciones y sus convicciones. Para la ley, cumplió su condena, y está rehabilitado para reintegrarse a la sociedad. Personalmente, cada quién tendrá sus convicciones morales y en base a ellas reaccionará. Lo cierto es que también somos hipócritas, porque vapuleamos con singular alegría al que arrastra la cruz, pero no cuestionamos al que crucifica.
Tal vez, en este rechazo, haya muchos rastros del deliberado frenesí mediático que rodeó el caso, y que nos erigió en jueces cuando sólo éramos coros de un juego de intereses. Porque es un hecho que la culpa de Julio, “vendió” más que si hubiera sido inocente.
Finalmente todo esto se reduce a una sola palabra: caridad… Y no, esa palabra no está en la ley, ni nos la dicta nadie. Si como sociedad no la asumimos como un valor, no tiene caso entonces tener cárceles.