Seguramente hay gente, como yo mismo, bastante despistados y rutinarios. Las “noticias locales” de mi comunidad inmediata no me despiertan demasiado interés, y rara vez me conmueven. La vida cotidiana en un barrio suele ser tan predecible y monótona, que “the latest news”, atrapan a muchos no por importantes sino por insólitas. Pero soy demasiado rutinario como para que eso me interese. Noto, eso sí, los cambios en las rutinas del barrio. Más bien es una reacción defensiva contra cualquier exabrupto en mi monotonía personal. Y como “perro de Pavlov”, reacciono de inmediato: analizo e interpreto los cambios, y proyecto las consecuencias. Finalmente depuro lo intrascendente y actúo respecto a lo que me pueda afectar.
Esta, claro, no es una reacción normal. Nace de años de trabajar en la línea del proceso noticioso. El presente siempre es una rutina. La noticia lo es porque significa una ruptura en la estabilidad de la sociedad. El periodista entonces analiza e interpreta el hecho, proyecta sus consecuencias, depura lo intrascendente, y ¡listo!, se tiene la nota.
Sé que no es una buena manera de vivir la cotidianidad. En grupos pequeños, en individuos, la trascendencia depende de hechos mínimos. A veces esos hechos son impermeables al análisis objetivo, y repelentes a la interpretación. Pero, debo decirlo, en lo general mi maniática estrategia funciona para vivir en paz conmigo y con mis vecinos. Pocos, muy pocos, tienen la desgracia de padecer el afecto de un “solterón, amargado y jodón”.Pero en esos casos excepcionales, los mecanismos de relación son sensibles, no analíticos… Y debo confesar que son muy difíciles para mí.
Retomando el hilo (que siempre se me va), este día inició normalmente. A media mañana, todos los perros del vecindario empezaron a ladrar al unísono. En la calma matutina, se escuchaban toques en las rejas cercanas. Mientras me preparaba unas “migas con huevo”, no tuve que hacer mucho esfuerzo para interpretar esa rutina: un grupo de predicadores estaba recorriendo el barrio. En efecto, eso era. De varias iglesias cercanas (cuya filiación es variopinta), salen regularmente grupos, sobre todo de mujeres, a vender su divino producto: la salvación. Como suele decir un amigo en otros casos, y me hace mucha gracia: “me dan ternurita”. Realmente creen en lo que dicen, aunque en el fondo está el hecho de que cumplen un precepto de sus iglesias, y por lo tanto, la salvación que buscan es la de ellos mismos.
En verdad suelo ser muy tolerante y hasta amable con ellos. Alguna vez les permití hasta entrar a bendecir mi casa. Pero en realidad no hay una verdadera prédica. No hay un diálogo crítico con argumentos para tratar de convertirme. Todo está sostenido en folletos y versículos memorizados. No son Pablo predicando en el Areópago de Atenas. Creen que la conversión es un milagro concedido como premio a su fe. Es su diálogo personal con Dios. Finalmente llegan a ser tan ingenuos que confunden la amabilidad con una señal divina de un inminente milagro. Tan ingenuos que creen que cuando nadie abre la puerta, es porque la casa está vacía, o de plano Satanás ensordece el corazón de sus moradores.
Tan, pero tan ingenuos, que pueden llegar a ser muy peligrosos para la seguridad de la gente que intentan salvar.
Hoy, por ejemplo, atendí a un par de predicadoras, aunque no lo hice de buen talante porque… ¡Mis migas casi se quemaban! Eso de que los pájaros reciben el alimento por la voluntad de Dios… mientras no tenga yo plumas, no esperaré a que Dios me haga llover jamones. Así es que me despedí agriamente de las mujeres y volví a mis migas.
Más tarde salí, ¡por fin!, a cortar el césped. Por unas vecinas me entero de que poco antes, justo cuando las huestes misioneras aporreaban las puertas del vecindario, un taxi estuvo estacionado cerca. Dentro del auto, dos personas sólo observaban. Luego se fueron, pero uno de los tripulantes del taxi pasó de nuevo por los alrededores viendo las casas, aunque a pie. Después se encontró de nuevo con el taxi, pero a bastante distancia.
No se necesita mucho esfuerzo para interpretar los hechos, sobre todo si ya hay antecedentes de robo a domicilios. Los predicadores hacen sus recorridos dos o tres veces por semana, y casi a la misma hora. Para descubrir qué casas están solas en ese momento, basta con observar qué casa no abren a los predicadores. Dos o tres observaciones más, y sabrán cuáles son las que en verdad están solas y cuáles sólo se negaron a abrir. El robo será de lo más sencillo. Eligen la casa, llegan en ese horario y tocan a la reja. Esto servirá para cerciorarse de que la casa esté vacía, porque si no lo está, seguro sí responderán al ver que no son predicadores. Además alborotarán a los perros. Cualquier vecino que oiga todo eso, supondrá que son los predicadores, y procurará ni acercarse a la puerta para evitarlos. Lo demás, para los ladrones ¡sería pan comido!
Tal vez mi interpretación del hecho suene un poco paranoica. Pero el delincuente suele ser experto en identificar las rutinas de sus víctimas. Es el control sobre eso lo que le da ventaja para, con su delito, romper esa estabilidad cotidiana de la gente. Cambiar continuamente rutinas personales o de grupo es una forma de prevenirse, pero eso acaba desquiciándonos. Porque en general nuestra tranquilidad depende de que mantengamos el control de nuestra vida. En ella, lo normal es lo rutinario. Otra forma de prevenirse, aunque un tanto heterodoxa, es esta de defender mi monotonía, pero estar atento a las rutinas de quienes pueden representar una amenaza. Cuando una y otra tienden a juntarse, habrá que proceder.
Sobre las huestes de predicadores, ¡benditos sean! Voceros de Dios, pero tal vez instrumentos involuntarios de Satán… por el uso que pudieran dar los ladrones a sus actos píos, y por el desastre que casi causan en mis “migas con huevo”. Que, por cierto, estaban deliciosas.