Urbi et Orbe

abril 13, 2010

Guerra contra las drogas

Archivado en: Uncategorized — Paco @ 9:34 pm

Por Susana Valdés Levy

Desde que arreció la violencia en el país, hemos estado hablando de una guerra. Le llamamos “guerra contra las drogas” o “guerra contra el narcotráfico” y al menos asi es como lo entiende la mayoría de los ciudadanos. Una de dos: o lo entendemos mal, o el pleito está mal planteado.

Joaquín Sabina, recientemente dijo que el presidente Felipe Calderón era ingenuo al declarar la guerra al narcotráfico porque esa es una guerra que nadie puede ganar. Dijo también que tarde o temprano habría que llegar a la legalización, refiriéndose a la legalización de las drogas, con el fin de sacar al negocio del narcotráfico del mercado negro y asi acabar con la violencia que éste genera.

La postura de Sabina en este tema, me confirma que incluso él, considera que la guerra en este país es exclusivamente contra las drogas o el narcotráfico.

En términos precisos, deberíamos decir que la guerra en México es contra la delincuencia organizada. Entendiendo que, el crimen organizado tiene muchas vertientes y muchas áreas de actividad, que en efecto incluyen al negocio de las drogas, y quizás este sea su brazo más fuerte. Sin embargo, la delincuencia organizada en México, maneja también la extorsión, el secuestro, la piratería, el tráfico de armas, la prostitución, la pornografía infantil, el tráfico de órganos, las apuestas y otras muchas actividades delictivas, clandestinas o irregulares para cuya operación también se ejerce violencia.

Pelear una guerra exclusivamente contra el narcotráfico no va a terminar nunca con la delincuencia organizada, en eso tiene razón Sabina, pero tampoco se va a acabar con la legalización de las drogas, porque es probable que el crimen organizado simplemente intensifique su actividad lucrativa en otras áreas de la criminalidad. Si no venden droga, harán más secuestros, o más robos de vehículos, o más piratería.

Según un estudio hecho en Estados Unidos, elaborado por Stratfor Global Intelligence, se establece que, considerando únicamente la cantidad de droga que entra y se comercializa exitosamente en ese país, el dinero que por narcotráfico entra a México asciende a unos cuarenta mil millones de dólares al año.  Creo yo que, ese dinero, mediante su respectivo lavado, no es nada despreciable para una economía enferma como la nuestra. Habría que preguntarnos si la economía formal, no se ha vuelto en cierta forma, narcodependiente y de ahí pasar a preguntarnos, que tan auténtica sería entonces la lucha contra este mal.

El narcotráfico es solo una expresión (muy importante) de la delincuencia organizada. Esta guerra debe ser contra el crimen organizado y no solo contra una de sus múltiples expresiones delictivas. También debemos pensar, por otra parte, que legalizar las áreas de negocio para la delincuencia, es otro cuento de nunca acabar, a menos que estemos dispuestos a terminar por hacer legales los asesinatos a sueldo.

La delincuencia organizada vive gracias a la corrupción, a la impunidad, a la pobreza (económica y moral) y a la falta de una educación de calidad en este país. Esto es, se origina en una serie de deficiencias e ineficiencias que México ha venido arrastrando desde hace muchos años. Lo que estamos viendo y viviendo ahora no es más que un estado crítico y agudo de una enfermedad mal atendida por años.

En México somos muy proclives a la doble moral. Nos quejamos de la inseguridad y de la violencia generada por la delincuencia organizada pero compramos piratería, fomentamos el soborno, estamos dispuestos a corromper y a ser corruptos, vivimos bajo la premisa de que el que no tranza no avanza y soñamos con hacer dinero fácil. Tan doble moral somos, que he visto automóviles decomisados a narcotraficantes que llevan un rosario colgado del espejo retrovisor, supongo que para que Dios los cuide en sus andanzas delictivas. Otros ya se han creado sus propias idolatrías, como a la Santa Muerte o Jesús Malverde. Y muchos más se codean en las más altas esferas de la sociedad mexicana pavoneándose cual si fueran dignos de respeto cuando sus fortunas tienen profundas raíces en las entrañas de la delincuencia.

Esta guerra en México no es contra las drogas, es en efecto contra toda la expresión de la delincuencia organizada o al menos asi debería ser. Sin embargo, de nada servirá perder vidas y derramar tanta sangre si a la par no hay una transformación ideológica y de idiosincrasia en el pueblo mexicano que es a la vez origen y victima de este grave mal que ahora nos aqueja.

abril 6, 2010

Fábula de predicadores y ladrones

Archivado en: Uncategorized — Paco @ 8:59 pm

Seguramente hay gente, como yo mismo, bastante despistados y rutinarios. Las “noticias locales” de mi comunidad inmediata no me despiertan demasiado interés, y rara vez me conmueven. La vida cotidiana en un barrio suele ser tan predecible y monótona, que “the latest news”, atrapan a muchos no por importantes sino por insólitas. Pero soy demasiado rutinario como para que eso me interese. Noto, eso sí, los cambios en las rutinas del barrio. Más bien es una reacción defensiva contra cualquier exabrupto en mi monotonía personal. Y como “perro de Pavlov”, reacciono de inmediato: analizo e interpreto los cambios, y proyecto las consecuencias. Finalmente depuro lo intrascendente y actúo respecto a lo que me pueda afectar.

Esta, claro, no es una reacción normal. Nace de años de trabajar en la línea del proceso noticioso. El presente siempre es una rutina. La noticia lo es porque significa una ruptura en la estabilidad de la sociedad. El periodista entonces analiza e interpreta el hecho, proyecta sus consecuencias, depura lo intrascendente, y ¡listo!, se tiene la nota.

Sé que no es una buena manera de vivir la cotidianidad. En grupos pequeños, en individuos, la trascendencia depende de hechos mínimos. A veces esos hechos son impermeables al análisis objetivo, y repelentes a la interpretación. Pero, debo decirlo, en lo general mi maniática estrategia funciona para vivir en paz conmigo y con mis vecinos. Pocos, muy pocos, tienen la desgracia de padecer el afecto de un “solterón, amargado y jodón”.Pero en esos casos excepcionales, los mecanismos de relación son sensibles, no analíticos… Y debo confesar que son muy difíciles para mí.

Retomando el hilo (que siempre se me va), este día inició normalmente. A media mañana, todos los perros del vecindario empezaron a ladrar al unísono. En la calma matutina, se escuchaban toques en las rejas cercanas. Mientras me preparaba unas “migas con huevo”, no tuve que hacer mucho esfuerzo para interpretar esa rutina: un grupo de predicadores estaba recorriendo el barrio. En efecto, eso era. De varias iglesias cercanas (cuya filiación es variopinta), salen regularmente grupos, sobre todo de mujeres, a vender su divino producto: la salvación. Como suele decir un amigo en otros casos, y me hace mucha gracia: “me dan ternurita”. Realmente creen en lo que dicen, aunque en el fondo está el hecho de que cumplen un precepto de sus iglesias, y por lo tanto, la salvación que buscan es la de ellos mismos.

En verdad suelo ser muy tolerante y hasta amable con ellos. Alguna vez les permití hasta entrar a bendecir mi casa. Pero en realidad no hay una verdadera prédica. No hay un diálogo crítico con argumentos para tratar de convertirme. Todo está sostenido en folletos y versículos memorizados. No son Pablo predicando en el Areópago de Atenas. Creen que la conversión es un milagro concedido como premio a su fe. Es su diálogo personal con Dios. Finalmente llegan a ser tan ingenuos que confunden la amabilidad con una señal divina de un inminente milagro. Tan ingenuos que creen que cuando nadie abre la puerta, es porque la casa está vacía, o de plano Satanás ensordece el corazón de sus moradores.

Tan, pero tan ingenuos, que pueden llegar a ser muy peligrosos para la seguridad de la gente que intentan salvar.

Hoy, por ejemplo, atendí a un par de predicadoras, aunque no lo hice de buen talante porque… ¡Mis migas casi se quemaban! Eso de que los pájaros reciben el alimento por la voluntad de Dios… mientras no tenga yo plumas, no esperaré a que Dios me haga llover jamones. Así es que me despedí agriamente de las mujeres y volví a mis migas.

Más tarde salí, ¡por fin!, a cortar el césped. Por unas vecinas me entero de que poco antes, justo cuando las huestes misioneras aporreaban las puertas del vecindario, un taxi estuvo estacionado cerca. Dentro del auto, dos personas sólo observaban. Luego se fueron, pero uno de los tripulantes del taxi pasó de nuevo por los alrededores viendo las casas, aunque a pie. Después se encontró de nuevo con el taxi, pero a bastante distancia.

No se necesita mucho esfuerzo para interpretar los hechos, sobre todo si ya hay antecedentes de robo a domicilios. Los predicadores hacen sus recorridos dos o tres veces por semana, y casi a la misma hora. Para descubrir qué casas están solas en ese momento, basta con observar qué casa no abren a los predicadores. Dos o tres observaciones más, y sabrán cuáles son las que en verdad están solas y cuáles sólo se negaron a abrir. El robo será de lo más sencillo. Eligen la casa, llegan en ese horario y tocan a la reja. Esto servirá para cerciorarse de que la casa esté vacía, porque si no lo está, seguro sí responderán al ver que no son predicadores. Además alborotarán a los perros. Cualquier vecino que oiga todo eso, supondrá que son los predicadores, y procurará ni acercarse a la puerta para evitarlos. Lo demás, para los ladrones ¡sería pan comido!

Tal vez mi interpretación del hecho suene un poco paranoica. Pero el delincuente suele ser experto en identificar las rutinas de sus víctimas. Es el control sobre eso lo que le da ventaja para, con su delito, romper esa estabilidad cotidiana de la gente. Cambiar continuamente rutinas personales o de grupo es una forma de prevenirse, pero eso acaba desquiciándonos. Porque en general nuestra tranquilidad depende de que mantengamos el control de nuestra vida. En ella, lo normal es lo rutinario. Otra forma de prevenirse, aunque un tanto heterodoxa, es esta de defender mi monotonía, pero estar atento a las rutinas de quienes pueden representar una amenaza. Cuando una y otra tienden a juntarse, habrá que proceder.

Sobre las huestes de predicadores, ¡benditos sean! Voceros de Dios, pero tal vez instrumentos involuntarios de Satán… por el uso que pudieran dar los ladrones a sus actos píos, y por el desastre que casi causan en mis “migas con huevo”. Que, por cierto, estaban deliciosas.

abril 1, 2010

Guzmán y las delicias de la paranoia

Archivado en: Uncategorized — Paco @ 12:46 am

Desde este martes, entre de los contrasentidos del poder y los medios, uno más se sumó a la obesa lista. Atardezco con la noticia de que un fulano de apellido Guzmán es reinstalado en algún cargo que tiene qué ver con el equipo de futbol “Tigres”. Cuando vi la noticia, dije “Ah”. Pero cuando vi el revuelo que causó, urbi et orbe, amplifiqué ese “Ah” y me quedé con los ojos de plato. Al asombro siguió una incómoda sensación de estar viviendo en una burbuja y en la Edad de Piedra, de estar usurpando un futuro que no me pertenece. De nuevo leí las notas y reacciones y de plano creo que he vivido en el error durante años. Más aún cuando se difunde una rueda de prensa donde el club en cuestión se limitó a leer un comunicado y a negarse a responder preguntas de los periodistas convocados. Esto ha metido más ruido al caso. Las redes sociales se congestionan con santa indignación por el tal Guzmán. Los medios de comunicación llevan la nota crítica a alturas insospechadas, que, por cierto, no se atreven a llevar en temas sociales y políticos.

De plano estoy muy confundido. No entiendo por qué tanto escándalo por una actividad que implica un flujo económico importante, pero sólo hacia el club cuestionado. Además, significa un beneficio social muy relativo. Porque parece que la idea de pertenencia comunitaria que da el futbol, es muy distante y distinta de la pertenencia funcional y necesaria de una sociedad.

Debo confesar que disfruto el futbol, aunque con algunas condiciones. Al menos dos: cerveza y carne asada. No vería un partido yo solo. La sazón de gritos y “mentadas” que mis amigos lanzan al televisor no tiene precio. Sí. Es una acción catártica. Liberadora tal vez, pero peligrosa. Nunca se sabe qué puede liberar y hasta qué extremos.

Pero esa distancia mía respecto a la comunidad futbolera es lo que me hace sentir extraño, extemporáneo, casi ajeno a la sociedad. En realidad, me preocupan otras cosas. Y tal vez me equivoque por eso.

Por ejemplo. Me preocupa mucho que este fin de semana se difundiera un encuentro entre sicarios y militares. Me preocupa que fue muy cerca de donde, poco antes, había estado el Gobernador supervisando la seguridad en carreteras y municipios. Hasta donde entiendo, no huyó del lugar, pero por poco le toca estar muy cerca de esa evidencia de que no hay seguridad en carreteras. Me preocupa que un ciudadano denuncie en un noticiero local que en un retén de maleantes, los viajeros fueron desvalijados y aterrorizados. Me preocupa muchísimo que el Congreso de Nuevo León siga actuando a espaldas de los ciudadanos promoviendo un estadio y destruyendo el germen de un parque necesario para la metrópoli. Me pone sumamente incómodo que el propio Congreso haya usado el viejo y artero truco de perpetrar ese ecocidio escondiéndose en la temporada vacacional.

Pero sobre todo eso, el caso del tal Guzmán y los Tigres, me pone en el limbo de una deliciosa paranoia. Porque una decisión tan absurda como la que rechazan ya los fanáticos, deja de lado todo lo demás. El relumbrón de esa intrascendencia social, borró de golpe toda la indignación por la incompetencia evidente de las autoridades en el tema de la inseguridad. A quién le interesa ya que se sacrifique un área verde importante y se regale a una empresa. Ya no importa la corrupción policiaca. Al diablo con todo. ¿Qué puede ser más importante que el hecho de que el tal Guzmán hay sido reinstalado en Tigres? ¡Por menos que eso pudo haber iniciado la Revolución!

En estas circunstancias, y ante el efecto distractor del tal Guzmán… me entra esta deliciosa paranoia y me pregunto si no fue una acción deliberada para que olvidáramos la comunidad que SÍ SOMOS, y nos volquemos en esa comunidad que NO SOMOS… porque la gran mayoría de los hinchas futboleros toman cerveza, asan carne, compran camisetas, boletos y abonos carísimos, “pagos por evento”, afiches… pero pocos juegan realmente futbol.

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