Hace años vi una película memorable. Estuvo basada en un cuento de García Márquez, escrita por García Riera y dirigida por Alberto Isaac. Se llama “En este pueblo no hay ladrones”, y tuvo un reparto sorprendente. En un pueblo miserable pululaban personajes muy convencionales, pero interpretados por figuras nada convencionales: Juan Rulfo, Carlos Monsiváis, Leonora Carrington, José Luis Cuevas, Abel Quezada, “El Chango” Cabral, “La China” Mendoza, Alfonso Arau… El propio García Márquez aparecía como portero de un cine de barrio, y Luis Buñuel era… ¡el cura!
La historia es simple. Un tipo de ese pueblo roba unas bolas de billar, del único billar del pueblo. Eso desata una serie de chismes y sospechas, pero bajo el criterio de que ningún vecino sería capaz de semejante delito. Finalmente agarran a un agente viajero como “chivo expiatorio”, y casi lo linchan. Por supuesto, la comunidad no podía admitir que un delito surgiera de sí misma: tenía que venir de otro lado. Defendía su pureza con la consigna de que “en este pueblo no hay ladrones”.
En Monterrey, hemos visto reacciones semejantes ante el incremento de la violencia. Algún gobernador explicó una ola de asaltos diciendo que los delincuentes venían de fuera. Otro dijo que en Nuevo León no había ejecutados, que venían de otros estados a tirar aquí los cadáveres. Los medios enfatizaban, y aún lo hacen, el origen externo de algunas bandas capturadas (con especial atención en el Distrito Federal). En el caso de los cárteles de la droga (y sus afines), no pierden oportunidad en señalar gentilicios: sinaloenses, tamaulipecos, michoacanos. Aunque, hay que decirlo, cada vez hay menos definiciones. Sobre todo en algunos grupos. Las notas suelen indicar a las fuerzas oficiales involucradas, y a un muy cauto y genérico “comando de la delincuencia organizada”… Poco falta para que escriban “organisada”, sin Z, o eliminar del alfabeto las letras C, D y G, entre otras “medidas cautelares”.
Porque… ¡en este pueblo no hay ladrones!, cuantimenos delincuencia organizada. Si no, cuestión de ver las primeras declaraciones oficiales sobre la evidente guerra en la que estamos. Según esas declaraciones, la “bronca” estaba en Tamaulipas, lo que pasaba en Nuevo León eran ecos de aquel conflicto. ¡Cómo no!
En la reciente manifestación oficial-religiosa-política-mediática-acarreada por la paz, se asume también un origen externo del problema. No abiertamente, porque las voces oficiales (muchas de ellas de los propios medios) suelen hablar de soslayo. Convocar una manifestación así supone que el mensaje social está perfectamente dirigido. Es la sociedad como emisor del mensaje. Pero ¿quién es el receptor?, ¿a quién se apela para acabar con la violencia? Los delincuentes no creo, porque como diría el maestro Villegas, ellos no leen periódicos (ni escuchan a la sociedad), ellos sólo disparan. El gobierno estatal, y los gobiernos municipales tampoco, porque convocaron o avalaron esa manifestación convirtiéndose así también en emisores. Bueno, algunos municipios hicieron un discreto “mutis”, y callar es conceder. ¿Dios?, pues no creo, porque aunque acepta ruegos, “no cumple antojos ni endereza jorobados”. ¿El Ejército y la Armada? Definitivamente no… si se han estado partiendo la madre contra los grupos criminales (perdón por el modismo, pero no hallo otro más enfático). ¿El Presidente?, tal vez un poco, pero si acaso el mensaje adecuado no es que acabe con la violencia, sino que no diga “ridiculeces”.
¿Era la manifestación contra los policías municipales y estatales que trabajan para los delincuentes? Tampoco es factible, (vid supra), pues en todo caso le pega de rebote al propio gobierno convocante. ¿A funcionarios corruptos?¿A los medios que fueron dóciles comparsas de este despropósito social, y ahora pregonan la “seguridad” en Nuevo León para hacerle el “caldo gordo” a la economía turística durante Semana Santa? ¡Hasta crees!
¿A quién se dirigieron las plegarias y “séntidas” palabras de manifestantes y estrellas de TV? Pues a estas alturas el absurdo va más allá de la comprensión humana. Tal vez todo este espectáculo era para el inevitable “masiosare”, que llegó a Nuevo León para reivindicar su condición de “extraño enemigo”.
Pero… ¿Alguien se ha ocupado de analizar cómo la complacencia de las clases política y empresarial ha dejado que crezcan las barreras sociales y con ello la propia delincuencia? ¿Alguien señala la tremenda descomposición social que solapan y fomentan para conservar sus privilegios? ¿Alguien ha puesto el dedo en esa llaga?
Para quien haya sido esta desafortunada manifestación “ciudadana”, ya no importa. Puso en evidencia mucha incompetencia, hipocresía, oportunismo y servilismo. Pero nótese: ¡en este pueblo no hay ladrones, ni delincuencia organizada!
Me encantó Lucca: no dijo nada, nomás se dejó manipular. Bueno, el gobernador también… no dijo nada.