En una sociedad libre, una de las garantías más valiosas es la expresión libre de la opinión. Esto es una manifestación extendida de lo que sucede en el ámbito privado. En familia, en nuestras comunidades mínimas (laborales, amistosas, religiosas, etc.), esa libertad nos garantiza una interacción eficiente, y la evolución adecuada de las relaciones personales. Hablar abiertamente nos libera. Porque cualquier sesgo en esa libertad, limita la voluntad. Es decir, nos inhibe no sólo en el tema que evitemos, sino en nuestra espontaneidad completa. No se puede ser libre en una cosa, y estar reprimido en otra. Incluso, lo que legal o moralmente está limitado, puede ser expresado con libertad crítica, aunque no se realice.
Por supuesto, ejercer plenamente esa libertad de opinar, nos lubrica los mecanismos psicológicos de la voluntad. Y este ejercicio pleno de la voluntad es el que da dinamismo a la vida personal, y por lo tanto, a la vida y desarrollo sociales.
A nivel “macro”, la libertad de opinión no tiene muchos mecanismos de expresión. Está la prensa crítica, que es cada vez más rara, y cada vez más influida por intereses del medio de comunicación como empresa. Están las representaciones populares traducidas en gobierno, que normalmente están determinadas por intereses partidistas… o por otros más oscuros y nefastos. Están las organizaciones civiles, que no pocas veces se pierden en dinámicas replicantes, más mediáticas que efectivas. Y aquí acoto la singular dinámica de Carlos Jáuregui, que entra a liderar un consejo de seguridad, de corte civil, con el evidente apoyo del Secretario de Seguridad en turno, y que de ahí sigue él mismo como Secretario de Seguridad, y a la postre su ineficiencia acaba desplazándolo, pero sigue en nómina oficial… ¡Curiosa trayectoria!
Volviendo al caso, no parece haber una tribuna efectiva para que el individuo tenga manera de expresar su opinión y ésta incida verdaderamente en el ámbito al que se dirige. Si acaso los comentarios a las notas “on line” de algunos periódicos… que con frecuencia se pierden en confrontaciones hueras, o se contaminan con comentarios evidentemente “diseñados”. Pero en ningún caso causan una mínima huella.
Por eso “tomar posición” es un ejercicio libertino de los grupos de poder (político, económico, religioso, etc.). Los grandes desplegados, declaraciones, manifestaciones, son más bien oportunistas. Un intento por asumir un liderazgo social que no existe. En general, esas estruendosas tomas de posición sólo expresan obviedades. Un llamado oficial para manifestarse por la paz, por ejemplo, no hace la paz. Un rechazo de empresarios a la inseguridad, no la elimina. Un sermón sobre la violencia, no hará el milagro de eliminarla.
En estos ejemplos, ni las más vehementes tomas de posición tendrán consecuencias. Los involucrados no responden a eso, no reaccionan a la opinión pública. Entonces… ¿a quién están dirigidas esas “tomas de posición”?
Una oración privada, y en el terror de nuestra intimidad tal vulnerada ya por la delincuencia y la policía, puede tener más valor, porque, por lo menos, nos da un poco de esperanza.
PD: Cierto, Twiter, Facebook, y otras redes sociales de Internet, son buenas opciones para exponer opiniones y organizarnos, pero son espacios todavía restringidos. Ese poder todavía está lejos de tener peso nuestra espantosa realidad.
Todo mundo habla en las redes sociales de su angustia y su temor por la situación actual de violencia encarnizada y al mismo tiempo expresamos nuestra nostálgica añoranza por la ciudad que Monterrey antes fué. De alguna manera nos sentimos víctimas inocentes atrapadas entre fuegos cruzados y entrecruzados, de sicarios entre sí y éstos contra el ejército y contra la policía. ¿Pero somos tan inocentes realmente? ¿Acaso no será que criamos cuervos que ahora nos están sacando los ojos?
Es claro que la delincuencia orgnizada es un monstruo de mil cabezas que se alimenta de los vicios y debilidades de la sociedad y sí, es un monstruo que no tiene reparo alguno en morder la mano que le alimenta.
Mientras en la sociedad se siga consumiendo piratería y artículos de contrabando, mientras haya quien compre mercancia robada como automóviles y autopartes, quien consuma pornografía y prostitución, o guste de presenciar espectáculos (en vivo) donde se explota sexualmente a menores, o venda alcohol adulterado para incrementar sus utilidades, mientras haya quien esté dispuesto a sobornar y ser sobornado,además del consumo de drogas de todos tipos, etc., el monstruo seguirá alimentandose, fortaleciéndose y creciendo.
Esta sociedad que ahora llora y se lamenta, debe revisar seriamente cuáles son sus vicios y debilidades, y cuestionarse hasta donde ha sido la incubadora y promotora de los lucrativos rubros que comprende la actividad de la delincuancia organizada.
Comentario por Susana Valdés — marzo 22, 2010 @ 9:51 pm