Urbi et Orbe

marzo 29, 2010

En este pueblo no hay ladrones

Archivado en: Uncategorized — Paco @ 11:24 pm

Hace años vi una película memorable. Estuvo basada en un cuento de García Márquez, escrita por García Riera y dirigida por Alberto Isaac. Se llama “En este pueblo no hay ladrones”, y tuvo un reparto sorprendente. En un pueblo miserable pululaban personajes muy convencionales, pero interpretados por figuras nada convencionales: Juan Rulfo, Carlos Monsiváis, Leonora Carrington, José Luis Cuevas, Abel Quezada, “El Chango” Cabral, “La China” Mendoza, Alfonso Arau… El propio García Márquez aparecía como portero de un cine de barrio, y Luis Buñuel era… ¡el cura!

La historia es simple. Un tipo de ese pueblo roba unas bolas de billar, del único billar del pueblo. Eso desata una serie de chismes y sospechas, pero bajo el criterio de que ningún vecino sería capaz de semejante delito. Finalmente agarran a un agente viajero como “chivo expiatorio”, y casi lo linchan. Por supuesto, la comunidad no podía admitir que un delito surgiera de sí misma: tenía que venir de otro lado. Defendía su pureza con la consigna de que “en este pueblo no hay ladrones”.

En Monterrey, hemos visto reacciones semejantes ante el incremento de la violencia. Algún gobernador explicó una ola de asaltos diciendo que los delincuentes venían de fuera. Otro dijo que en Nuevo León no había ejecutados, que venían de otros estados a tirar aquí los cadáveres. Los medios enfatizaban, y aún lo hacen, el origen externo de algunas bandas capturadas (con especial atención en el Distrito Federal). En el caso de los cárteles de la droga (y sus afines), no pierden oportunidad en señalar gentilicios: sinaloenses, tamaulipecos, michoacanos. Aunque, hay que decirlo, cada vez hay menos definiciones. Sobre todo en algunos grupos. Las notas suelen indicar a las fuerzas oficiales involucradas, y a un muy cauto y genérico “comando de la delincuencia organizada”… Poco falta para que escriban “organisada”, sin Z, o eliminar del alfabeto las letras C, D y G, entre otras “medidas cautelares”.

Porque… ¡en este pueblo no hay ladrones!, cuantimenos delincuencia organizada. Si no, cuestión de ver las primeras declaraciones oficiales sobre la evidente guerra en la que estamos. Según esas declaraciones, la “bronca” estaba en Tamaulipas, lo que pasaba en Nuevo León eran ecos de aquel conflicto. ¡Cómo no!

En la reciente manifestación oficial-religiosa-política-mediática-acarreada por la paz, se asume también un origen externo del problema. No abiertamente, porque las voces oficiales (muchas de ellas de los propios medios) suelen hablar de soslayo. Convocar una manifestación así supone que el mensaje social está perfectamente dirigido. Es la sociedad como emisor del mensaje. Pero ¿quién es el receptor?, ¿a quién se apela para acabar con la violencia? Los delincuentes no creo, porque como diría el maestro Villegas, ellos no leen periódicos (ni escuchan a la sociedad), ellos sólo disparan. El gobierno estatal, y los gobiernos municipales tampoco, porque convocaron o avalaron esa manifestación convirtiéndose así también en emisores. Bueno, algunos municipios hicieron un discreto “mutis”, y callar es conceder. ¿Dios?, pues no creo, porque aunque acepta ruegos, “no cumple antojos ni endereza jorobados”. ¿El Ejército y la Armada? Definitivamente no… si se han estado partiendo la madre contra los grupos criminales (perdón por el modismo, pero no hallo otro más enfático). ¿El Presidente?, tal vez un poco, pero si acaso el mensaje adecuado no es que acabe con la violencia, sino que no diga “ridiculeces”.

¿Era la manifestación contra los policías municipales y estatales que trabajan para los delincuentes? Tampoco es factible, (vid supra), pues en todo caso le pega de rebote al propio gobierno convocante. ¿A funcionarios corruptos?¿A los medios que fueron dóciles comparsas de este despropósito social, y ahora pregonan la “seguridad” en Nuevo León para hacerle el “caldo gordo” a la economía turística durante Semana Santa? ¡Hasta crees!

¿A quién se dirigieron las plegarias y “séntidas” palabras de manifestantes y estrellas de TV? Pues a estas alturas el absurdo va más allá de la comprensión humana. Tal vez todo este espectáculo era para el inevitable “masiosare”, que llegó a Nuevo León para reivindicar su condición de “extraño enemigo”.

Pero… ¿Alguien se ha ocupado de analizar cómo la complacencia de las clases política y empresarial ha dejado que crezcan las barreras sociales y con ello la propia delincuencia? ¿Alguien señala la tremenda descomposición social que solapan y fomentan para conservar sus privilegios? ¿Alguien ha puesto el dedo en esa llaga?

Para quien haya sido esta desafortunada manifestación “ciudadana”, ya no importa. Puso en evidencia mucha incompetencia, hipocresía, oportunismo y servilismo. Pero nótese: ¡en este pueblo no hay ladrones, ni delincuencia organizada!

Me encantó Lucca: no dijo nada, nomás se dejó manipular. Bueno, el gobernador también… no dijo nada.

marzo 22, 2010

Desplegados, manifestaciones y violencia

Archivado en: Uncategorized — Paco @ 10:52 am

En una sociedad libre, una de las garantías más valiosas es la expresión libre de la opinión. Esto es una manifestación extendida de lo que sucede en el ámbito privado. En familia, en nuestras comunidades mínimas (laborales, amistosas, religiosas, etc.), esa libertad nos garantiza una interacción eficiente, y la evolución adecuada de las relaciones personales. Hablar abiertamente nos libera. Porque cualquier sesgo en esa libertad, limita la voluntad. Es decir, nos inhibe no sólo en el tema que evitemos, sino en nuestra espontaneidad completa. No se puede ser libre en una cosa, y estar reprimido en otra. Incluso, lo que legal o moralmente está limitado, puede ser expresado con libertad crítica, aunque no se realice.

Por supuesto, ejercer plenamente esa libertad de opinar, nos lubrica los mecanismos psicológicos de la voluntad. Y este ejercicio pleno de la voluntad es el que da dinamismo a la vida personal, y por lo tanto, a la vida y desarrollo sociales.

A nivel “macro”, la libertad de opinión no tiene muchos mecanismos de expresión. Está la prensa crítica, que es cada vez más rara, y cada vez más influida por intereses del medio de comunicación como empresa. Están las representaciones populares traducidas en gobierno, que normalmente están determinadas por intereses partidistas… o por otros más oscuros y nefastos. Están las organizaciones civiles, que no pocas veces se pierden en dinámicas replicantes, más mediáticas que efectivas. Y aquí acoto la singular dinámica de Carlos Jáuregui, que entra a liderar un consejo de seguridad, de corte civil, con el evidente apoyo del Secretario de Seguridad en turno, y que de ahí sigue él mismo como Secretario de Seguridad, y a la postre su ineficiencia acaba desplazándolo, pero sigue en nómina oficial… ¡Curiosa trayectoria!

Volviendo al caso, no parece haber una tribuna efectiva para que el individuo tenga manera de expresar su opinión y ésta incida verdaderamente en el ámbito al que se dirige. Si acaso los comentarios a las notas “on line” de algunos periódicos… que con frecuencia se pierden en confrontaciones hueras, o se contaminan con comentarios evidentemente “diseñados”. Pero en ningún caso causan una mínima huella.

Por eso “tomar posición” es un ejercicio libertino de los grupos de poder (político, económico, religioso, etc.). Los grandes desplegados, declaraciones, manifestaciones, son más bien oportunistas. Un intento por asumir un liderazgo social que no existe. En general, esas estruendosas tomas de posición sólo expresan obviedades. Un llamado oficial para manifestarse por la paz, por ejemplo, no hace la paz. Un rechazo de empresarios a la inseguridad, no la elimina. Un sermón sobre la violencia, no hará el milagro de eliminarla.

En estos ejemplos, ni las más vehementes tomas de posición tendrán consecuencias. Los involucrados no responden a eso, no reaccionan a la opinión pública. Entonces… ¿a quién están dirigidas esas “tomas de posición”?

Una oración privada, y en el terror de nuestra intimidad tal vulnerada ya por la delincuencia y la policía, puede tener más valor, porque, por lo menos, nos da un poco de esperanza.

PD: Cierto, Twiter, Facebook, y otras redes sociales de Internet, son buenas opciones para exponer opiniones y organizarnos, pero son espacios todavía restringidos. Ese poder todavía está lejos de tener peso nuestra espantosa realidad.

marzo 16, 2010

Los héroes del Bi-Centenario

Archivado en: Uncategorized — Paco @ 10:40 pm

Este domingo, después de una singular tardeada con mis vecinos, cruzó el cielo un helicóptero, inusual para el tipo de naves que solemos ver en Nuevo León. Sin ser peritos en aeronáutica, y sin apreciar las dimensiones o el color del aparato en la oscuridad nocturna, coincidimos en que se trataba de un helicóptero de la Armada de México. Una rápida revisión por los diario “on line”, me lo confirmó. Se trató de un enfrentamiento entre la Armada y un grupo de delincuentes en un rancho del municipio de Bustamante. Supongo que, agotada la persecución, el artefacto regresaba a su base.

Este tipo de eventos se van volviendo cotidianos. Tan cotidianos que podrían acabar con nuestra capacidad de asombro. Tan poco eventuales, que podríamos asumir que no existe más orden que el que Ejército y Armada puede proporcionarnos.

Me sorprende que poco a poco olvidemos lo que representaron en la aplicación de acciones de protección civil y reconstrucción en desastres naturales. Un Ejército comandado por un civil (el Presidente de la República) actuando en operaciones civiles: el orgullo por este tipo de heroísmo debería prevalecer. Por eso me alarma que de pronto, el combate a la delincuencia se sostenga invariablemente en Ejército y Armada. Porque, si como es evidente, las autoridades policiacas, de todos los órdenes, han sido rebasadas e infiltradas, y no queda más recurso que el militar, es claro que estamos viviendo una guerra.

Me vienen a la memoria relatos de mis abuelos y otros viejos parientes. Ellos vivieron la Revolución o sus secuelas. Hablaban de tiempos difíciles, de escasez, de incertidumbre. Hablaban de lo difícil que era mantener el ritmo de vida normal a pesar de que constantemente veían o sufrían las consecuencias de la guerra. Aplastar el “testal” de masa para no palmear las tortillas, cuando la escasez de maíz. Llegar a la escuela evitando algún charco de sangre, cuando no un cadáver. Dormir en el suelo, porque los colchones cubrían las ventanas contra alguna bala. Esconder y enmudecer los animales (y a las mujeres jóvenes) al paso de la soldadesca de cualquier bando. Aguantar estoicamente la desaparición de un varón de la familia en edad de portar armas (por la leva, una versión arcaica del “levantón”).

De niño, me emocionaba el relato de una tía abuela. Cómo cruzó las líneas escobaristas que atacaban Monterrey, para rescatar y resguardar a su madre y hermanos en su casa. Muy vívida mi tía al narrar el paso de la insuficiente calesa entre cadáveres, el silbido de las balas, y los animales de un zoológico privado corriendo libres por las calles. Emocionante, para la fantástica imaginación de un niño; pavoroso, cuando se tiene mayor certidumbre de lo implica estar en medio de una guerra. Aunque el escenario no es el mismo, ni las causas, hay muchas equivalencias entre aquellos y estos hechos.

Sin duda también ahora estamos en guerra, por más que se pregone una tranquilidad turística y bicentenaria. La impotencia de las autoridades civiles es cada vez más obvia. Ante cada intento por matizar la peligrosa situación, surgen más casos que demuestran que: el mando policiaco es real sólo en las ceremonias públicas, no en las acciones preventivas; los “controles de confianza” son tan poco confiables como, perdonando el folclorismo y sin afán étnico, “un español lampiño o un indio barbón”; la desconfianza de los ciudadanos en los policías, se extiende cada vez más hacia las autoridades municipales y estatales; la vida cotidiana se vive normalmente, pero de “puntillas” y con cautela felina; el único instrumento de defensa para las familias es la bendición, y el “Jesús, en la boca”. Esto disuelve poco a poco la endeble solidez de una democracia tan singular como la nuestra.

Peor aún, la gente ve cada vez con más alivio a la participación de la milicia en esta guerra. Es cierto: no tenemos opción; la defensa de los ciudadanos no está siendo asumida por las autoridades elegidas. Si no son irresponsables, al menos sí son incapaces de revertir una situación de inseguridad que ellos mismos propiciaron. El riesgo que se corre es que el heroísmo del Ejército y Armada de México, se tergiverse en manos de nuestra deleznable clase política y se convierta en un instrumento más para legitimar al poder. Esto, creo yo, podría ser tan grave como la misma guerra que, hay que decirlo, libran nuestros militares… y al parecer, prácticamente solos.

Esperemos que sean los propios Ejército y Armada de México, quienes no olviden que son la defensa de la Nación, es decir, del pueblo, y que no se dejen “infiltrar” por la clase política… Sería más grave aún que si lo hiciera la mismísima delincuencia organizada.

Tema Rubric. Blog de WordPress.com.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.