
Debo reconocer una fobia personal contra las máscaras. Hay algo amenazante en ese objeto que cubre un rostro. Es como si el sólo hecho de traer la cara cubierta nos dé la posibilidad de cambiar radicalmente. Una otredad que está latente bajo el embozo. Afortunadamente no creo que mi fobia sea compartida. Por lo menos no generalizada. Seguramente todos sabemos que la careta es algo sin poder, sin personalidad. La máscara no es un fantasma amenazante… ¿O lo es?
Recientemente sucedió algo insólito en Monterrey. Grupos de jóvenes salieron a la calle por cuatro días consecutivos. Cubrían sus rostros como aquellos bandidos de las viejas series western. Entre ellos había algunos niños y aparentes madres de familia. Era una manifestación más bien “retro”; una mezcla curiosa de las viejas marchas de izquierda combativa, y el manipuleo político de grupos marginales.
Los manifestantes exigían que el Ejército dejara de intervenir en cuestiones de seguridad pública. Denunciaban arbitrariedades, que por cierto no se supo que tuvieran réplica ante Derechos Humanos o una instancia legal. Además, salvo algunas mujeres y los niños, los demás manifestantes se cubrían el rostro.
Un taxista que estuvo en uno de los primeros bloqueos me contó algunos pormenores: robo o destrucción de teléfonos celulares, consumo de drogas y alcohol, insultos, amenazas y golpes contra conductores…
Lo que no tuvo que contarme el taxista fue la actitud pasiva, insegura, de las fuerzas policiacas. Eso fue evidente durante varios días. Sin embargo, el Secretario de Seguridad estatal se quejaba; pedía que los ciudadanos y los medios de comunicación identificaran a “los malos”, que no eran los policías sino el crimen organizado. El propio Gobernador aseguró que tras los “tapados de Monterrey” están el Cártel del Golfo y su brazo armado, los “Zetas”.
De pronto, y en una acción evidentemente muy bien organizada, este día 17 de febrero se desencadenan los bloqueos de estos “tapados”. Además de Monterrey, estos singulares manifestantes aparecieron prácticamente a unísono en Chihuahua, Tamaulipas y Veracruz. La consigna fue la misma: sacar a Ejército de la seguridad pública.
Estos hechos tuvieron repercusión mundial. Sobre todo porque tuvo que ser la fuerza federal la que demostrara la incapacidad de las policías municipales y estatales para enfrentar esta situación.
Esto fue lo evidente… lo visible… Pero hay en todo este sanquintín una serie de lecciones no aprendidas. La primera fue la desafortunada declaración del Secretario de Seguridad y la “definición” del Gobernador… “Los malos” para el común de la gente son una abstracción. Sean “Zetas”, “Sinaloeses” o Al Qaeda… la sociedad entiende perfectamente que estar fuera de la ley implica ser enemigo de la sociedad. La gente sabe que la delincuencia organizada son “los malos”. Pero la gente no les pone nombres y apellidos, no les da peso ni volumen, ni le asigna sexo o edad.
Pero vino un funcionario a redefinirle objetivo de nuestro odio, el origen de nuestra desesperación e inseguridad. Los ciudadanos se hicieron uno contra los Tapados… La irritación exige quitar los hijos a las madres y padres (Tapados), lanzarles el auto, insultarles, agredirles… Si la ley fuera más permisiva en el porte y uso de armas… ¡no quiero ni imaginarme!
En medio de todo esto, las aprehensiones de Tapados son más bien temporales, por no decir escasas y fugaces. Los procesos mínimos. La ley, desde la óptica de la gente, o no se aplica adecuadamente, o de plano necesita endurecerse.
Por más que intento cuadrar las cosas, no le encuentro el lado. Los tapados de Monterrey se manifiestan contra el Ejército. ¡Que absurdo! Esto no tiene sentido, porque ninguna sociedad cuerda se desarmaría en medio de una guerra (y la hay contra la delincuencia organizada). Así que, sobrios, drogados o ebrios, los Tapados no son tal ingenuos como para suponer que con esos bloqueos neutralizarán al Ejército.
Otro sinsentido es la manifestación misma. El sentido real de la manifestación es el llamado a la solidaridad de toda la sociedad con una causa. Aquí es imposible que suceda. De lejos y de cerca, es evidente que los manifestantes, los Tapados, son delincuentes, pandilleros, viciosos, o por lo menos acarreados. La sociedad no se solidarizará jamás con ese tipo de gente, sino todo lo contrario, se uniría contra ellos. ¿Entonces?
Es obvio que el enfrentamiento de los Tapados es, por si mismo, otra máscara más complicada. Detrás de los Tapados hay otros tapados, y detrás de estos debe haber algo muchísimo más complejo que un bloqueo de calles y una queja contra el Ejército.
Lo grave del caso es que los ciudadanos no usamos máscara… Y la realidad es incluso descarnada.
Sé que muchas de esas personas tendrán necesidades muy básicas o concretas y por eso se prestan a participar recibiendo una cantidad de los narcos, pero cuestiono que lo hagan por la simple razón de que se prestan a intereses muy sucios y oscuros.
Mucho más, cuestiono y estoy totalmente en contra de utilizar a menores de edad, particularmente niños, y exponerlos, parecería que las progenitoras de esas criaturas no existan…
Estos bloqueos tuvieron cierto eco mundial, con algunas notas de prensa en periódicos de acá, como El País, pero han sido un mal síntoma de la situación de inseguridad en nuestra querida ciudad, estado y país.
Comentario por Guillermo Z — febrero 28, 2009 @ 4:10 pm
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