Urbi et Orbe

febrero 24, 2009

Miércoles de Ceniza

Archivado en: Reflexiones — Paco @ 10:55 pm

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No entiendo por qué, pero los Miércoles de Ceniza los siento más fúnebres que el propio día de los Fieles Difuntos. Tal vez sea por que mi niñez fue determinada por viejas tradiciones rurales. La ceniza en la coronilla marcaba el inicio de un duelo bastante real. Ese duelo se acentuaba en la medida en que se acercaba la Semana Santa. Para amigos y vecinos de aquellos años, esta era una temporada de tristeza por el drama sagrado que protagoniza Jesús. Sólo al ver el velo cubriendo el altar me daba miedo. Era como si toda la esperanza se acabara. Aquello me hacía sentir solo, extremadamente solo. Además, la frase que el cura decía al ungirme con ceniza sonaba como un castigo… y yo no entendía cuál era mi culpa para acabar en polvo.

Pero el duelo no era sólo mío. Realmente había una desesperanza encarnándose en todos. En la radio había un cambio también. Tanto que durante la Semana Santa la música era o clásica, o definitivamente fúnebre. Además, no recuerdo si fue mi abuela, o alguna vecina o tía, pero si recuerdo la advertencia: un pecado en Cuaresma se multiplica setenta veces. ¡Imaginen mi horror!

En medio de todo esto estaba también el ayuno. Para mi familia no era ningún sacrificio. Se nos pedía no comer carnes rojas… que normalmente no podíamos comprar. Podíamos comer pescado… pero los pobres arroyos y pozas apenas criaban pequeños charales. ¿Pollo? ¡Nunca! Era nuestra reserva del huevo cotidiano, antes de que el colesterol lo satanizara.

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Decía mi abuela que debíamos comer plantas amargas cada viernes, porque era lo que Jesús comió en el desierto. Y llegaba mi abuelo con un enorme manojo de flores de yuca… Luego se levantaba el aroma de aquellas flores guisadas… Una amargura deliciosa en verdad. Luego el espinoso nopal acababa adobado en una salsa de chile ancho o guajillo. Hasta el pan duro se convertía en un manjar bañado con miel de piloncillo y revuelto con trozos de queso. Como entonces yo sólo conocía los camarones secos, jamás cuestioné su entrada en el ayuno cuaresmal. Suponía que eran saltamontes. Así llegaban a la dieta las croquetas de camarón… Y claro, las de papa. Yo creía que en verdad el desierto se había vuelto en sí un banquete sólo para Jesús. Que comíamos lo que él mismo comió en su retiro.

racimo-de-pitaAquel ayuno cuaresmal terminaba siendo una fiesta de sabores, aunque el duelo no desaparecía.

Años después la Iglesia y yo marchamos por caminos divergentes. Y aclaro que hablo de la iglesia institucional, no de la iglesia espiritual, de la que siempre he sido fiel. Ahora que revisaba el santoral, leía apenas una breve semblanza de algunos santos. Así recordé aquel dolor y aquella desesperanza que sentía de niño en esta temporada. Santos y mártires vivieron días tan duros como los del martirio de Jesús. Durante las persecuciones, los tormentos eran peores que los que hoy hacen los narcos y otros asesinos. La diferencia es que desde Jesús, hasta los santos y los mártires, la penitencia, las privaciones, el sacrificio, eran para la redención de todos.

Hoy las privaciones no reivindican a nadie, la penitencia no exalta a nadie, y el sacrificio no redime a nadie. El desierto ya no nos regala un banquete. La desesperanza, la tristeza, el dolor, son nuestra perpetua cuaresma… Del horror al pecado sólo nos queda el horror a secas.

La ceniza que nos marca, no es de penitencia sino de duelo.

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febrero 18, 2009

Los Tapados de Monterrey

Archivado en: Noticias — Paco @ 12:30 pm

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Debo reconocer una fobia personal contra las máscaras. Hay algo amenazante en ese objeto que cubre un rostro. Es como si el sólo hecho de traer la cara cubierta nos dé la posibilidad de cambiar radicalmente. Una otredad que está latente bajo el embozo. Afortunadamente no creo que mi fobia sea compartida. Por lo menos no generalizada. Seguramente todos sabemos que la careta es algo sin poder, sin personalidad. La máscara no es un fantasma amenazante… ¿O lo es?

Recientemente sucedió algo insólito en Monterrey. Grupos de jóvenes salieron a la calle por cuatro días consecutivos. Cubrían sus rostros como aquellos bandidos de las viejas series western. Entre ellos había algunos niños y aparentes madres de familia. Era una manifestación más bien “retro”; una mezcla curiosa de las viejas marchas de izquierda combativa, y el manipuleo político de grupos marginales.

Los manifestantes exigían que el Ejército dejara de intervenir en cuestiones de seguridad pública. Denunciaban arbitrariedades, que por cierto no se supo que tuvieran réplica ante Derechos Humanos o una instancia legal. Además, salvo algunas mujeres y los niños, los demás manifestantes se cubrían el rostro.

Un taxista que estuvo en uno de los primeros bloqueos me contó algunos pormenores: robo o destrucción de teléfonos celulares, consumo de drogas y alcohol, insultos, amenazas y golpes contra conductores…

Lo que no tuvo que contarme el taxista fue la actitud pasiva, insegura, de las fuerzas policiacas. Eso fue evidente durante varios días. Sin embargo, el Secretario de Seguridad estatal se quejaba; pedía que los ciudadanos y los medios de comunicación identificaran a “los malos”, que no eran los policías sino el crimen organizado. El propio Gobernador aseguró que tras los “tapados de Monterrey” están el Cártel del Golfo y su brazo armado, los “Zetas”.

De pronto, y en una acción evidentemente muy bien organizada, este día 17 de febrero se desencadenan los bloqueos de estos “tapados”. Además de Monterrey, estos singulares manifestantes aparecieron prácticamente a unísono en Chihuahua, Tamaulipas y Veracruz. La consigna fue la misma: sacar a Ejército de la seguridad pública.

Estos hechos tuvieron repercusión mundial. Sobre todo porque tuvo que ser la fuerza federal la que demostrara la incapacidad de las policías municipales y estatales para enfrentar esta situación.

Esto fue lo evidente… lo visible… Pero hay en todo este sanquintín una serie de lecciones no aprendidas. La primera fue la desafortunada declaración del Secretario de Seguridad y la “definición” del Gobernador… “Los malos” para el común de la gente son una abstracción. Sean “Zetas”, “Sinaloeses” o Al Qaeda… la sociedad entiende perfectamente que estar fuera de la ley implica ser enemigo de la sociedad. La gente sabe que la delincuencia organizada son “los malos”. Pero la gente no les pone nombres y apellidos, no les da peso ni volumen, ni le asigna sexo o edad.

Pero vino un funcionario a redefinirle objetivo de nuestro odio, el origen de nuestra desesperación e inseguridad. Los ciudadanos se hicieron uno contra los Tapados… La irritación exige quitar los hijos a las madres y padres (Tapados), lanzarles el auto, insultarles, agredirles… Si la ley fuera más permisiva en el porte y uso de armas… ¡no quiero ni imaginarme!

En medio de todo esto, las aprehensiones de Tapados son más bien temporales, por no decir escasas y fugaces. Los procesos mínimos. La ley, desde la óptica de la gente, o no se aplica adecuadamente, o de plano necesita endurecerse.

Por más que intento cuadrar las cosas, no le encuentro el lado. Los tapados de Monterrey se manifiestan contra el Ejército. ¡Que absurdo! Esto no tiene sentido, porque ninguna sociedad cuerda se desarmaría en medio de una guerra (y la hay contra la delincuencia organizada). Así que, sobrios, drogados o ebrios, los Tapados no son tal ingenuos como para suponer que con esos bloqueos neutralizarán al Ejército.

Otro sinsentido es la manifestación misma. El sentido real de la manifestación es el llamado a la solidaridad de toda la sociedad con una causa. Aquí es imposible que suceda. De lejos y de cerca, es evidente que los manifestantes, los Tapados, son delincuentes, pandilleros, viciosos, o por lo menos acarreados. La sociedad no se solidarizará jamás con ese tipo de gente, sino todo lo contrario, se uniría contra ellos. ¿Entonces?

Es obvio que el enfrentamiento de los Tapados es, por si mismo, otra máscara más complicada. Detrás de los Tapados hay otros tapados, y detrás de estos debe haber algo muchísimo más complejo que un bloqueo de calles y una queja contra el Ejército.

Lo grave del caso es que los ciudadanos no usamos máscara… Y la realidad es incluso descarnada.

febrero 9, 2009

LA MUERTE COTIDIANA

Archivado en: Uncategorized — Paco @ 10:29 am

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Por segunda vez en un lapso muy corto de tiempo, un crimen me pone a reflexionar. ¿Por qué un crimen? No estoy seguro… Tal vez porque la muerte siempre llega como una sobredosis de la realidad, una certeza incuestionable.

Hablo de la muerte como un estado absoluto… cómo llegamos a él, son accidentes, sendas de esta realidad que hacemos continuamente. Es en estos accidentes donde la realidad nos abruma. Así, la reciente muerte de un niño, presuntamente a manos de su abuelastra, sí que impacta. Por supuesto, el coro mediático explotó el impacto del caso y seguro lo seguirá haciendo. Pero este aparente apego al deber informativo (disparejo con frecuencia, si no parcial), de poco sirve para explicar las razones del hecho, o para advertir las consecuencias. La noticia “In Vitro”, sin genealogía, sin contexto social, poco hace por la sociedad y mucho por el mero “show”. Mucha nota y poco periodismo…

No hace mucho leía un reportaje de Soanje dos Anjos Azevedo y Edna Dantas Araújo: “Eles Mataram” (Ellos mataron). Me sorprendía leer la magnitud del impacto de la criminalidad en Brasil en el 2003… Las estadísticas citadas en ese momento, ponían al país de la samba entre los primeros lugares a nivel mundial en muertes por homicidio. Si bien, la facilidad para tener armas estaba entre los factores importantes para esta situación, la sólida red de distribución de drogas ya había creado una cotidianidad muy especial, radicalmente distinta a la necesaria para socializar adecuadamente.

Lo más alarmante, en todo caso, es que en algún momento se llegaron a tener todas las condiciones necesarias para romper un tabú atávico: la resistencia natural del ser humano a matar a un semejante.

Nadie mata otro por placer. Sólo situaciones extremas nos llevan a vencer ese tabú. La defensa propia o del grupo social son tal vez las únicas justificaciones aceptables. Si no se defiende a sí mismo, a la familia o al país, no hay razón para ser homicida, a menos que de veras haya problemas mentales de por medio. Por eso el homicida se adiestra, no en las formas de matar sino en la disposición para hacerlo. Claro, no hay escuelas para homicidas, pero un buen principio es cuando la muerte de un semejante se convierte en algo cotidiano, trivial, intrascendente. El asesinato deja de despertar horror para inducir curiosidad, la sangre derramada ya no causa náusea, da un latigazo a la sensibilidad, un estímulo extremo.

En Nuevo León, especialmente en el área metropolitana de Monterrey, estamos lejos de la mortalidad que padecieran Sao Pablo, o Río de Janeiro en su momento. No es la regla toparnos con un cadáver cada que vamos por el pan. Aunque hay zonas con indicadores altos de criminalidad, la exposición directa a estos hechos no está generalizada. Sin embargo, el homicidio es prácticamente un hecho cotidiano… Y aquí es donde es donde entran los medios de comunicación.

En efecto, no es necesario ensangrentarse los zapatos. El homicidio como hecho noticioso, casi nunca es llevado al ámbito periodístico, pero siempre es subrayado como algo relevante, muy por encima de los contenidos sociales. Por eso no es necesario salir para convivir con el homicidio: ¡está en casa!

El asombro natural ante este tipo de hechos es como algunas drogas. Uno se vuelve resistente, y la dosis debe aumentar. Cada detalle del impacto mediático debe superarse constantemente. Los instrumentos de la investigación periodística cambian de objetivo. Así se va del crimen a la morgue, de la morgue a la capilla funeraria, y de ésta al cementerio… La investigación no aporta, sólo describe. Pero la descripción es parcial… El llanto, la pena, la desesperación, la furia… Sólo las pasiones, nunca las razones.

En esta exposición y disección cotidiana del crimen nos libera de la carga atávica, del tabú del homicidio. Es, creo yo, el mismo proceso de la corrupción. En la medida en que se generaliza, la ética socia se desvanece, se desmoronan los escrúpulos. Así, al cometer un acto de corrupción, nos sabemos corruptos. Pero somos capaces de presumir “el moche” que dimos por transgredir algún reglamento. Nos sabemos corruptos, sabemos que hicimos mal, y nos parece divertido. Tanto que hasta somos los momentáneos héroes en el corrillo, los orgullosos transgresores de la ley.

El homicidio está siguiendo la misma ruta que la corrupción, pero por la vía rápida. Matar es ya casi normal, una forma común de reaccionar. Se mata al vecino por ocupar la acera con su auto, al comerciante para robarle, a la novia por celos, a la esposa por fastidio… Se mata por cualquier cosa.

La entronización del homicidio como la noticia por excelencia, nos expone a trivializar el hecho. Olvidamos que la muerte de un ser humano (de cualquier sexo, edad o condición) es una agresión hacia la sociedad entera. El problema será todavía peor cuando la premeditación ceda terreno ante el acto reflejo (irreflexivo, claro).

Mi duda… una duda terrible en verdad, es cómo se ve a sí mismo el homicida. La definición de sí mismo. ¿Es como el corrupto que presume lo barato que le costó el “moche” por transgredir un reglamento? ¿Siente el orgullo propio y la admiración ajena por haber matado a un semejante?

Se me eriza el cabello al ver tantos indicadores, sobre todo entre jóvenes, de que la ley es desechable y que la vida humana se abarata.

Me viene a la memoria una referencia de otro reportaje, este de la periodista argentina Josefina Licitra que, al hablar de un caso criminal, cita palabras del Néstor Kirchner en su toma de posesión: “La inseguridad no es sólo el Código Penal, sino el cumplimiento de los derechos de la Constitución”.

Pero esta es otra historia…

febrero 3, 2009

El tamal… ¿está mal?

Archivado en: Uncategorized — Paco @ 12:21 pm

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Supongo que a estas alturas, a menos en México, hay miles de personas “empachadas” con la cantidad de tamales que se ha ingerido desde posadas hasta el día de la Candelaria. Aquellos que encontraron el “monito” en la Rosca de Reyes, seguro están más que empachados, pues tuvieron además que “pagar” aquel fortuito hallazgo, con la tradicional comilona de tamales del 2 de febrero. Además, quienes “levantaron al niño Dios”, es probable que remataran el obligado rosario con una buena tamaliza.

Y sí, los mexicanos sentimos que el tamal es muy nuestro, pero tal vez sólo el nombre, porque es un platillo común en toda Latinoamérica. Sin embargo, tal vez sea en México en donde logró una enorme cantidad de variantes. El cálido vientre de la olla prehispánica, parió aquellos “panes” de masa de maíz. La prole fue enorme, y muy adaptable. Aunque en el fondo siempre está ese respeto ritual con el que los mexicas vieron no sólo la ingesta de alimentos, además a su confección. Jamás comprenderemos por completo aquella profunda religiosidad. Mientras tanto es mejor saborear la herencia culinaria y el feliz mestizaje con otras culturas.

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El tamal es uno de esos platillos que no se sabe a ciencia cierta si son un platillo en sí, una forma de elaboración, o sólo una propuesta inicial de algo más complejo. El cocimiento al vapor parece un factor común, pero hay variantes. Van de la olla, al pozo cubierto de brasa. La envoltura tampoco es uniforme. La tradicional es la “hoja de maíz”, que en realidad es la bráctea que cubre la mazorca. También se usan hojas de la planta misma, o de plátano, o de hojasanta… Cualquiera pensaría que en lo que no hay variantes es en la masa, a base de maíz nixtamalizado… ¡Pero no! Claro que hay otras opciones, desde el maíz tierno hasta la harina de arroz… Además, los hay incluso sin masa. Pueden llevar relleno o no llevarlo; pueden ser dulces o salados. Tampoco el tamaño es uniforme. Como se adaptan a la envoltura, los hay del tamaño de un bocado, hasta el inmenso “zacahuil”.

En el libro “El Nuevo Cocinero Mexicano”, impreso en Francia en 1888, se dice: “El modo de hacerlos todos no se diferencia de muchas maneras, aunque se rellenan y sazonan de innumerables modos, pues se hacen de dulce con anís ó sin él, rellenos de arroz con leche, de mole, de especia, de aves, de carne de puerco y aun de picadillo y de pescado.”

Pero hay una observación muy curiosa, que implica que el tipo de tamales que se consumía o hacía, también era un distintivo de la clase social: “Otros se mezclan con capulines, y otros con frijoles y que suelen comer los naturales en sus fiestas con mole de guaxolote, pero estas dos clases no son del mejor gusto, ni suelen servirse en las mesas decentes, sino es muy rara vez y por capricho, y de los mismos que hacen los indígenas, sin que nuestras señoritas los dispongan por sí mismas, como acostumbran hacerlo con las otras clases.”

¡Vaya con aquellas señoritas decimonónicas tan remilgosas!

Para terminar estas notas rápidas sobre los tamales, recuerdo de memoria (tal vez con errores), aquellos versos que tampoco recuerdo el autor, pero creo son del periodista y poeta norestense don Celedonio Junco de la Vega…

Hay un guiso nacional

al que puso no sé quién

el feo nombre de tamal.

Y mire usted qué vaivén,

pues si el tamal está bien

resulta que no es-tá mal.

Mas si el tamal no está bien,

el que lo come es-tá mal.

Quién entiende este belén

de este guiso nacional.

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