
No entiendo por qué, pero los Miércoles de Ceniza los siento más fúnebres que el propio día de los Fieles Difuntos. Tal vez sea por que mi niñez fue determinada por viejas tradiciones rurales. La ceniza en la coronilla marcaba el inicio de un duelo bastante real. Ese duelo se acentuaba en la medida en que se acercaba la Semana Santa. Para amigos y vecinos de aquellos años, esta era una temporada de tristeza por el drama sagrado que protagoniza Jesús. Sólo al ver el velo cubriendo el altar me daba miedo. Era como si toda la esperanza se acabara. Aquello me hacía sentir solo, extremadamente solo. Además, la frase que el cura decía al ungirme con ceniza sonaba como un castigo… y yo no entendía cuál era mi culpa para acabar en polvo.
Pero el duelo no era sólo mío. Realmente había una desesperanza encarnándose en todos. En la radio había un cambio también. Tanto que durante la Semana Santa la música era o clásica, o definitivamente fúnebre. Además, no recuerdo si fue mi abuela, o alguna vecina o tía, pero si recuerdo la advertencia: un pecado en Cuaresma se multiplica setenta veces. ¡Imaginen mi horror!
En medio de todo esto estaba también el ayuno. Para mi familia no era ningún sacrificio. Se nos pedía no comer carnes rojas… que normalmente no podíamos comprar. Podíamos comer pescado… pero los pobres arroyos y pozas apenas criaban pequeños charales. ¿Pollo? ¡Nunca! Era nuestra reserva del huevo cotidiano, antes de que el colesterol lo satanizara.

Decía mi abuela que debíamos comer plantas amargas cada viernes, porque era lo que Jesús comió en el desierto. Y llegaba mi abuelo con un enorme manojo de flores de yuca… Luego se levantaba el aroma de aquellas flores guisadas… Una amargura deliciosa en verdad. Luego el espinoso nopal acababa adobado en una salsa de chile ancho o guajillo. Hasta el pan duro se convertía en un manjar bañado con miel de piloncillo y revuelto con trozos de queso. Como entonces yo sólo conocía los camarones secos, jamás cuestioné su entrada en el ayuno cuaresmal. Suponía que eran saltamontes. Así llegaban a la dieta las croquetas de camarón… Y claro, las de papa. Yo creía que en verdad el desierto se había vuelto en sí un banquete sólo para Jesús. Que comíamos lo que él mismo comió en su retiro.
Aquel ayuno cuaresmal terminaba siendo una fiesta de sabores, aunque el duelo no desaparecía.
Años después la Iglesia y yo marchamos por caminos divergentes. Y aclaro que hablo de la iglesia institucional, no de la iglesia espiritual, de la que siempre he sido fiel. Ahora que revisaba el santoral, leía apenas una breve semblanza de algunos santos. Así recordé aquel dolor y aquella desesperanza que sentía de niño en esta temporada. Santos y mártires vivieron días tan duros como los del martirio de Jesús. Durante las persecuciones, los tormentos eran peores que los que hoy hacen los narcos y otros asesinos. La diferencia es que desde Jesús, hasta los santos y los mártires, la penitencia, las privaciones, el sacrificio, eran para la redención de todos.
Hoy las privaciones no reivindican a nadie, la penitencia no exalta a nadie, y el sacrificio no redime a nadie. El desierto ya no nos regala un banquete. La desesperanza, la tristeza, el dolor, son nuestra perpetua cuaresma… Del horror al pecado sólo nos queda el horror a secas.
La ceniza que nos marca, no es de penitencia sino de duelo.




